sentada la niña, en el bordillo de la acera, repiqueteaba con las puntas de los pies, sin levantar los talones del suelo, sobre el pequeño reguero de agua que corria calle abajo. Miraba atentamente entre sus rodillas como salpicaba el agua en todas direcciones, manchando irremediablemente de un color parduzco sus inmaculados calcetines, lo cual no parecia importarle, es mas, podia intuirse claramente, satisfaccion por el efecto causado.
La gente caminaba presurosa por la abarrotada calle, absortos en sus propios pensamientos, tal vez en la proxima factura de ese gran coche, el cual era toda una odisea aparcar, o mas grande aun llenar ese enorme deposito, o tal vez que es lo que iba a preparar para la cena, huevos? no, ya los hice ayer, tal vez incluso, algun temerario se planteara cuestiones trascendentales, como el significado de la vida, o de donde venimos, pero, todos, sin excepcion, con un semblante gris e inexpresivo, se dejaban llevar por el frenetico ritmo de la ciudad, obligados a mantener el paso, so pena de ser arrollados, empujados, excluidos, expulsados de la voragine urbana y condenados por tanto, a yacer sentados sobre un bordillo, despreocupados, entretenidos en cualquier sencilla actividad, tal vez repiqueteando con la punta de sus pies en el reguero de agua que corria calle abajo, manchando sus calcetines, y sintiendose satisfechos de plantar cara a lo establecido.
martes, 31 de marzo de 2009
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